Las tejedoras de Mampuján y su arte para sanar Contando historias a través de la tela, las tejedoras de Mampuján no solo han logrado sanar sus heridas sino que también han hallado un propósito para vivir.

Si no hubiese sido por este arte, no podría contarte la historia que te voy a contar, porque seguramente estaría allá afuera llorando. Cuando yo estoy cosiendo, me pierdo. Es como si me fuera a los cerros de Mampuján Viejo y comenzara a plasmar en la tela todo lo que veo (…)”.

Pabla López tenía apenas 15 años cuando vivió el desplazamiento forzado de Mampuján en los Montes de María. Fue el 11 de marzo del año 2000 cuando los paramilitares obligaron a más de 300 familias a abandonar su territorio, en un hecho que indudablemente partió su vida en dos, aunque en ese momento no lo supiera.

“Cuando me dijeron que teníamos que salir de Mampuján por 10 o 15 días, como niña estaba alegre, solo pensaba en que iba a ir a María La Baja. Pero pasaron los días, pasaron meses y luego fueron años. Y fue muy triste para mí no poder volver. En medio de todo eso mi familia paterna también pasó por unos casos que a mí me traumaron. A los tres meses de desplazados las AUC mataron a un hermano de mi papá, y cinco años después al hijo de ese tío. Yo vivía muy triste. De pronto estábamos hablando aquí normal y yo salía llorando de pronto sin pasarme nada, era muy horrible”, dice Pabla, al paso que da unas puntadas a un tapabocas que está confeccionando mientras conversa.

Eso lo aprendió de su madre, quien hizo parte de las tejedoras de Mampuján primero que ella también para sanarse de sus propias heridas, y fue allí, que finalmente pudo comenzar su proceso personal.

“En esos tiempos hicieron unas capacitaciones, me invitaron y yo fui. Me tocó contar y dibujar la historia que me había marcado, y recuerdo que yo lloraba porque sentía que esa era una de las peores cosas que me habían podido pasar. Pero hubo un momento, cuando me tocó plasmar la historia en una hoja de bloc y pasarla a la tela en que me di cuenta que ya no tenía ganas de llorar y que a través del arte podía sacar todo ese trauma que tenía”, dice.

Ahora Pabla teje un colorido tapabocas en el que se ven unas niñas cerca de un arroyo, y al preguntarle de qué se trata simplemente responde: “aquí estoy transmitiendo un poco de mi alegría cuando era niña, porque quiero que los demás lo vean y sepan de eso. Porque nosotros vivíamos en Mampuján Viejo y teníamos límites de muchas cosas, pero a pesar de eso éramos felices, con lo más mínimo conseguíamos para jugar y eso ya era felicidad para nosotros”.

Es esa la esencia del trabajo de las tejedoras. Poder pasar de las historias de llanto y de horror que les ayudaron a canalizar sus sentimientos en algún momento, a las historias de esperanza y resiliencia, que ahora demuestran que es posible levantarse aún del peor de los dolores.

“Yo quería aprender primero que todo para ayudarme a mí y después, para ayudar a los demás”, sentencia Pabla.

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