Las Palmas sigue siendo un pueblo fantasma Hace 21 años, la violencia desplazó a este pueblo. De 600 familias que había, ahora solo habitan cien.

Son 24 kilómetros los que separan al corregimiento Las Palmas, de San Jacinto, el municipio de la subregión de los Montes de María al cual pertenece desde hace más de cien años.

Pero esos 24 kilómetros parecen eternos, debido a las malas condiciones que sufre la vía, independientemente de que sea verano o invierno, aunque en este último hasta los burros pasan las de San Quintín tratando de llegar a la población.

Cuando la carretera termina de descender, al visitante lo sorprenden tres cosas: el silencio, la cara de pueblo fantasma que tiene Las Palmas y la muerte de los teléfonos celulares, puesto que la señal se pierde por culpa –según dicen– de las montañas que se alzan en los alrededores del centro poblado.

La Palmas adquirió ese aspecto fantasmagórico entre 1993 y 2005, cuando los grupos armados ilegales asesinaron a 16 personas y provocaron el desplazamiento de las 600 familias que, para entonces, conformaban el corregimiento.

De esas 600 familias desplazadas, cien regresaron paulatinamente mientras que el resto se quedó viviendo en San Jacinto, Cartagena, Barranquilla, Bogotá y Venezuela; y son ellos los propietarios de las casas vacías y desvencijadas que aguardan en las calles destapadas.

Algunas casas abandonadas quedaron con puertas y ventanas herméticamente cerradas, pero otras están abiertas, con algunas puertas y ventanas colgando de las bisagras y las salas sucias de un reguero de horcones y esquirlas de palmas resecas y cinc oxidado, que los vientos lluviosos derriban sin piedad.

De repente, los palmeros recuerdan que el pasado mes se cumplieron 21 años del día cruento en el que los paramilitares, el martes 28 de septiembre de 1999, masacraron a cuatro personas en presencia de los estudiantes de los colegios de primaria y bachillerato, a quienes obligaron a salir de los planteles y a formarse en medio de la vía principal y a pleno sol.

Al día siguiente, por miedo y por amenazas, las 600 familias decidieron recoger las pocas cosas que podían llevarse y salieron del pueblo hacia ninguna parte. Dos años después, se iniciaron varios retornos voluntarios de familias que nunca se adaptaron a la nueva vida en los hormigueros urbanos donde se habían asentado.

En 2005, después de pedir apoyo a la Gobernación de Bolívar y de haber segado el monte que se había apoderado de las viviendas, se completó el número de retornados, que son las cien familias que conviven ahora en Las Palmas.

No obstante, ese mismo año regresaron los grupos armados y asesinaron a otras dos personas, lo que hizo que el miedo volviera a sembrarse en el corazón de los pobladores, algunos de los cuales reiniciaron el desplazamiento, pero regresaron cuando sintieron el apoyo de la fuerza pública y de las administraciones local y departamental, que comenzaron a maquinar proyectos, empezando por el arreglo de la vía de acceso y ayudas para las iniciativas productivas de los agricultores, aunque, llegada la pandemia, todo se detuvo.

Los residentes recuerdan que Las Palmas era tan buen productor de maíz y yuca, que en cada vivienda había pequeñas empresas que surtían a San Jacinto y demás pueblos cercanos, lo que constituía una competencia sana, en cuanto a la cantidad de tierra que se cultivaba en los terrenos elevados del pueblo.

Testigos de esa prosperidad discreta son algunas viviendas hechas de material y techos de cinc, pintadas con buen gusto y soportadas sobre pretiles de piedras ribereñas, tal como lo fueron las casas que ahora están huérfanas de habitantes.

Por todo eso, los palmeros no echan al olvido los proyectos que anunció el Gobierno para reanimar el desarrollo que traía el pueblo antes de la etapa de violencia. El primero de esos planes es la construcción de la carretera en asfalto rígido, parques, recintos deportivos, instalación del gas domiciliario, las redes de agua potable y de alcantarillado, la pavimentación de los calles, la reapertura del colegio de bachillerato, la reconstrucción de la iglesia, la permanencia de un cuerpo médico en el puesto de salud, la instalación de antenas para las comunicaciones y el levantamiento del plan de vivienda nueva, que comenzó pero se detuvo por la emergencia sanitaria.

Inicialmente, se anunció la construcción de doce viviendas, de las cuales se levantaron solo cinco cerca de la iglesia católica; y, posteriormente, se habló de otro plan de 110 casas, en el sector La pezuña del diablo, del cual se lograron dos y otro par quedó solo con los cimientos y las varillas expuestas a la intemperie.

Los palmeros afirman que en los más de cien años de existencia de su pueblo, jamás habían sufrido un acto de barbarie como el que ejecutaron los paramilitares, quienes los acusaban de guerrilleros, aunque por allí también pasaban columnas de rebeldes, quienes los sindicaban de ser colaboradores del Ejército Nacional y de la Infantería de Marina.

Las víctimas tienen muy claro que Las Palmas es un territorio estratégico, porque sus caminos comunican con el resto de los Montes de María y con algunos pueblos del departamento del Magdalena, por lo cual dicen vivir con un pie dentro de sus casas y otro afuera.

Las matanzas que últimamente se han perpetrado en pueblos del centro y sur de Bolívar los tienen alerta. Incluso, ya advirtieron a las autoridades que su pueblo es un corredor de actores armados, quienes podrían repetir la historia de sangre de finales de los noventa.

Sin embargo, ellos siguen esperando diciembre para organizar sus misas, procesiones, fandangos y jornadas deportivas en honor a Santa Lucía, la santa patrona. Es esa la época de reencontrarse con los paisanos que se radicaron en otras partes; y que, tal vez, ya no invertirán más en las microempresas que llenaban las tractomulas del interior del país.

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