Drama de familias de víctimas de explosión en Tasajera,Las víctimas fatales ya son once. Uno de ellos, un joven de 17 años.

Mientras unos lloran a los muertos, tres de ellos de un mismo hogar, otros oran por tener noticias de sus seres queridos.

Familiares de pescadores, como Luis Alberto Ávila, durmieron a la intemperie esperando que su pariente se salvara tras el accidente del camión cisterna en Tasajera, pero en la madrugada del martes recibieron la noticia que no querían oír: había muerto.

Eduar Santana, que se enteró de que el cuerpo de su hijo estaba en la morgue, recordó que la última vez que vio al joven “cogió unas canequitas pequeñas y una grande y salió”.

En Barranquilla también falleció uno de los heridos, por ahora no identificado.

En cuatro clínicas de esa ciudad permanecen 14 pacientes, con edades de entre 19 y 41 años, y “el pronóstico de todos estos pacientes no es bueno, teniendo en cuenta que las quemaduras superan el 30% de superficie corporal, incluso al 99% de superficie corporal, con afectaciones en cabeza, cara y cuello”, detalló Humberto Mendoza, secretario de Salud.

Entretanto, Rebeca Maldonado sostiene la foto de su hijo Juan Carlos Robles rogando para encontrarlo “como Dios lo quiera, como sea, pero estaré contenta porque lo vi, que me apareció, sea muerto o sea vivo, como sea”.

Angie Escobar, esposa de una de las víctimas fatales, James Carbono, contó que su compañero “se iba pa’l mercadito a rebuscarse para la comida y pa’l desayuno, pero a veces no hacía nada y de pronto cuando él veía un carro volteado se iba para allá, pero él era un trabajador y buscaba para el desayuno, para la comida, para todo lo de la casa”.

Ella vive en una casa construida con sacos, tablas, y cartón, con una fachada idéntica a la de sus vecinos, donde pocos han visto el cemento.

Los habitantes de Tasajera reconocen que por necesidad también viven de algunos accidentes en la troncal del Caribe.

“Lo del carro volteado aquí se habla normal. Yo he escuchado hasta amigos decir ‘hay que esperar para ver si se voltea un carro’, pero es algo cultural, no una maldición que ellos quieran tirar, es algo que genera el hambre y la necesidad”, dice Fred Jiménez, habitante del sector.

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